La puerta se abrió con un chirrido. El recién llegado se pasó dos dedos por la perilla y contempló durante unos segundos a todos los que se emborrachaban, apostaban o zorreaban en aquel antro oscuro, hediondo y cargado de humo. Todos ellos se giraron para ver su silueta, alta y oscura, recortarse contra el último sol de la tarde, que entraba inmisericorde hasta el fondo del local obligándoles a entornar los ojos para evitar ser cegados. Todos menos uno, un hombre vestido con un traje de lino blanco, que se sentaba en un taburete junto a la barra mientras apuraba su vaso.
-¡Cierra de una puta vez gilipollas, nos estás dejando ciegos! – gritó desde una mesa cercana un motero enorme que lucía barba de chivo, cabeza rapada y una esvástica tatuada tras una oreja, sosteniendo una jarra de cerveza con una mano mientras con la otra agarraba con fuerza del pelo a una cuarentona rubia de bote zurrada por la droga y los hombres, que subía y bajaba la cabeza sobre su bragueta.
Una mueca de disgusto torció la boca del recién llegado al tiempo que se inflamaban las aletas de su nariz. Sin moverse del sitio, miró al motero con ojos ardientes de ira. Éste se dio cuenta al instante de que no había sido buena idea increpar al desconocido. Inquieto, intentó apartar la mirada, pero por algún motivo no pudo conseguirlo. En los ojos de aquel tipo había algo sobrenatural, algo que le hizo sentir cómo la semilla del miedo rápidamente crecía y extendía sus raíces entre los pliegues de su cerebro. Comenzó a sudar como un cerdo, asfixiado por un calor sofocante que parecía brotar de su interior. La presión de su pecho rivalizaba en intensidad con la de su cabeza, hasta el punto de que ambos parecían a punto de estallar. En cuestión de segundos su erección había desaparecido y se había orinado encima. Mientras tanto la rubia se había erguido y miraba al desconocido, y también sentía cómo sus bragas se humedecían, aunque por un motivo totalmente distinto.
-Déjalo ya – ordenó el que bebía apoyado en la barra.
Tras unos segundos en los que parecía decidir qué hacer, el desconocido habló con voz ronca y profunda.
-Desaparece de mi vista y quizá sigas con vida.
El motero se levantó tropezando con las sillas y, guardándose su mermada hombría tras la bragueta, salió a toda prisa en busca de una piedra bajo la que esconderse el resto de su asquerosa existencia.
Satisfecho, el hombre de la perilla sonrió y se acercó a la mesa de la rubia, que le miraba excitada. Acercó su mano hasta el hombro de la mujer. Subió despacio por su cuello, apenas rozando su piel, gozando a través de la punta de sus dedos del escalofrío que la estremecía de arriba a abajo. Cuando la mano del hombre se separó, ella no pudo reprimir que un largo y tórrido gemido escapase de su garganta en el mismo instante en que se corría. Luego él barrió el local con la mirada y el resto de parroquianos volvieron rápidamente a sus asuntos.
-Me citas en este pútrido lugar, dices que es urgente, y todavía tienes la poca vergüenza de llegar tarde – dijo el hombre de la barra mientras el otro se sentaba junto a él.
-Primero, ¿qué tienes en contra de este lugar? Y segundo, sabes que la puntualidad no es una de mis virtudes.
-Ah, que tienes virtudes… Fíjate, después de tanto tiempo, aún no estaba informado.
El recién llegado rió con desgana.
-Ron – pidió mientras se acodaba en la barra.
El camarero era un tipo gordo y sucio que, normalmente, no dudaba en partir las piernas o la cabeza a quien fuese necesario. Algo frecuente en aquel local, por otra parte. Sin embargo, la llegada del nuevo e inquietante cliente le había amansado como si fuera el perrito de compañía de una adorable ancianita. Se apresuró a poner algo de hielo en un vaso y abrió la botella. El hombre se la arrebató de las manos con rapidez al tiempo que volcaba el vaso sobre el mostrador haciendo rodar los hielos como si jugase a los dados. El camarero los recogió con una bayeta antes de que el rastro de agua que empezaban a dejar se convirtiese en un pequeño charco, y luego se alejó hasta la otra punta de la barra.
-Bebida de piratas... Me gustan los piratas, siempre me han caído bien, no sé por qué.
-Será porque eran traidores, sádicos y embusteros, como tú.
-¡Son! traidores, sádicos y embusteros.
-Es cierto, todavía quedan algunos. Y no todos están en el mar.
-Pero ya no beben ron -. Fue a llenar el vaso del hombre del traje blanco, pero éste lo tapó con la mano.
-Sabes que solo bebo vino.
-Y en ocasiones especiales, además. Como cenas de despedida con tus amigos…
-Y tú no eres uno de ellos.
-Después de tantos años debería ofenderme por esas palabras, pero en realidad creo que tienes razón. ¿Vino, entonces? ¿O mejor un poco de vinagre?
-Agua con gas – dijo el otro mirando al camarero.
El de la perilla soltó una carcajada, llenó medio vaso y lo vació de un trago.
-Te estás haciendo viejo.
-Soy bastante más joven que tú – respondió el otro.
-¡Agua con gas para mi amigo! ¡Y pon algo de música! – gritó el hombre de la perilla. El camarero apareció con una botella de agua, la abrió y, con voz temblorosa, dijo:
-Lo siento, señor. La máquina está estropeada.
El recién llegado miró la Juke Box. Se veía destartalada y oscura bajo una capa de polvo de varios años de antigüedad. Se encogió de hombros y llenó su vaso, mientras el camarero se retiraba aliviado.
-¿Me dices de una vez qué es lo que quieres? - preguntó el hombre del traje blanco.
-¿Qué prisa tienes? Total, tenemos toda una eternidad.
-No quiero que me vean contigo. No es bueno para mi imagen.
-Ah, cuestión de marketing, veo que por fin empezamos a hablar de negocios. Vamos al grano, entonces – apuró su vaso y se sirvió el tercero, mientras continuaba hablando -. Verás, en los últimos tiempos he acusado un fuerte descenso de clientes. Y probablemente vosotros tengáis el mismo problema.
-¿Ahora sabes cómo le va a la competencia? ¿En qué te basas para decir eso?
El hombre de la perilla sonrió.
-Venga, no necesito a ningún economista para que me lo diga, sabes de sobra que nuestros negocios van de la mano. Somos competidores, nuestros objetivos son opuestos, pero la realidad es que cuando a mí me va mal, a vosotros os va mal. Y al contrario, cuando la cosa marcha, marcha para los dos. Así que al fin y al cabo, no somos tan diferentes. ¿Es, o no es así?
El hombre del traje blanco se tomó un momento antes de responder.
-Yo no lo veo de ese modo.
-No digas que no. Hay seis mil millones de estúpidos en la tierra que se creen el centro del universo cuando las cosas les van medianamente bien, es decir, si tienen coche, casa, un trabajo razonablemente bien pagado y un mes de vacaciones al año. Es así. El hombre, cuando prospera, se siente poderoso, y se olvida de mí, ti y de tu padre. Si se olvida de vosotros, vuestros locales se vacían, sienten que no os necesitan. Y en lo que a mí respecta, en esos periodos de bonanza desciende la criminalidad, y por tanto mis clientes, y aunque siempre hay alguien que se deja caer por mi establecimiento para no volver a salir, de vez en cuando me viene bien un extra de combustible para mis fogones.
-¿Qué me quieres decir con eso?
-Joder, pareces tonto. La verdad, prefería hablar con tu padre, siempre pillaba las cosas a la primera.
-Ya, pero como no tiene ninguna gana de verte, tendrás que hablar conmigo.
El hombre de la perilla vació de nuevo el vaso y soltó un eructo.
-Anda que no es rencoroso el viejo ni nada. Total, por una cosilla que pasó hace tanto tiempo. ¿No decía que hay que saber perdonar a los enemigos? Bueno, lo que quiero decirte es que deberíamos ayudar a nuestros potenciales clientes a, digamos... precisar de nuestros servicios.
-Será de los de mi padre - replicó el hombre del traje -. Tú no das ningún tipo de servicio.
-Tú ya me entiendes.
-No, no te entiendo en absoluto.
-¡No te hagas el tonto conmigo! Esto os conviene tanto como a mí. Vamos a hablar claro de una vez. Os habéis montado un tinglado estupendo durante más de veinte siglos, y no hay negocio limpio que dure tanto y reporte tantos beneficios. Pero de un tiempo a esta parte, vuestras iglesias cada día están más vacías, la gente ha perdido la fe. Y qué decir de monjas y sacerdotes. Cada vez hay menos vocaciones. Estáis perdiendo credibilidad a pasos agigantados. La postura del Vaticano para con determinados temas no os beneficia, precisamente. Desde la Inquisición habéis ido encadenando una tras otra. Quema de supuestas brujas, acumulación desmesurada de riqueza, negación de evidencias científicas, apoyo incondicional a sádicos dictadores, curas con un concepto algo especial de lo que se llama "amar al prójimo", sobre todo si ese prójimo son sus monaguillos... Os conviene tanto como a mí una crisis a nivel mundial que haga que todos esos infelices que pueblan esta mierda de roca que flota en medio del universo miren hacia el cielo buscando consuelo. Y ¿de qué tipo podría ser esa crisis? Quizá económica. O sanitaria, una epidemia como la peste del siglo XIV estaría bien. También valdrían unos cuantos terremotos y erupciones en distintas partes del mundo, o mejor aún, mi opción preferida, una pequeña guerra mundial.
-Ya. Ese es tu punto de vista.
-Y tú no lo compartes, por supuesto. El caso es que necesitamos algo que nos haga recuperar el terreno perdido, dar un golpe de timón. Y tú lo sabes tan bien como yo.
-¿Me invitas a una copa? – preguntó la rubia, que se había acercado al hombre de la perilla sin hacer ruido.
-Ahora no – respondió poniendo su mano sobre la frente de la mujer, que al instante cayó desplomada al suelo. El otro la miró alarmado.
-No te preocupes, solo está dormida.
-Lo sé.
-Pues venga, decídete.
El hombre del traje blanco terminó su agua y miró el vaso pensativo. Después de un minuto, su interlocutor comenzó a impacientarse y se puso a tamborilear los dedos sobre la barra, hasta que al fin dijo.
-Vamosvamosvamos, que es para hoy.
-Tendría que consultarlo con mi padre.
-¡A la mierda con tu padre! ¿Para qué coño has venido tú entonces? ¿Es que me quieres hacer perder el tiempo? - tronó dando un puñetazo en la barra. Luego, apuntando al otro hombre con el dedo, dijo - Te advierto que no necesito vuestro permiso. Puedo hacerlo cuando y como me dé la gana. Si os he llamado para deciros esto ha sido para buscar un equilibrio y llegar a un acuerdo satisfactorio para ambas partes. Al fin y al cabo, tampoco me conviene vuestra quiebra, somos complementarios, y si falta uno, no tendría mucho sentido la existencia del otro. Pero si tengo que hacerlo solo, lo haré. Y probablemente se me vaya la mano, ya me conoces.
El hombre del traje blanco cerró los ojos, y agachó la cabeza mientras sopesaba sus opciones.
-Está bien - dijo.
-Estupendo. – exclamó dando una palmada -. Marchando una guerra mundial.
-Una guerra mundial no.
-Entonces a menor escala. Pero deberá tener otro tipo de consecuencias, algo que afecte a todo el mundo. Crisis petrolífera, eso siempre funciona bien, o mejor aún, una especie de guerra santa, con miedo a represalias en forma de atentados en medio mundo y todo eso… ¿Alguna región en particular?
-Mañana te diré cuándo, dónde y cómo.
-¡No me jodas!
-No te jodo, mañana. Lo tomas o lo dejas.
El hombre de la perilla hizo un gesto de fastidio.
-Está bien. Mañana. -Y levantándose dijo: -Camarero, mi amigo le pagará gustoso las consumiciones. Y las del resto de clientes.
Se dirigió satisfecho hacia la puerta, y chasqueó los dedos al salir. La vieja Juke Box se encendió, y de sus entrañas emergió el sonido de unas apocalípticas campanas precediendo a las primeras notas de Hells Bells.
El sol ya no era más que un rojo resplandor tras los edificios. Cruzó la calle esquivando los coches de policía y ambulancias que recogían los restos desperdigados de un tipo al que un tráiler le había pasado por encima. La gente se arremolinaba ávida de conocer los detalles más morbosos. Se detuvo junto a una pandilla de chavales para escuchar los comentarios.
-Ese tío salió del bar a toda leche y no vio que venía el camión.
-Joder, le ha reventado la cabeza.
-Y lo demás. Anda que queda mucho…
-¡Buf, qué desagradable! – dijo el hombre de la perilla con fingido pesar, en el mismo momento en que se encendían las farolas de la calle. Luego se subió a una Harley negra con la leyenda "Hell Rider" en letras góticas sobrepuestas a una esvástica plateada en el depósito de gasolina. La puso en marcha y se alejó disfrutando del ronco rugir de su motor de cuatro tiempos.
Alpana, octubre 2010





